Llevo años viviendo con estrés, y no hablo del típico que aparece cuando tienes mucho que hacer o un mal día. Me refiero al estrés crónico, ese que se queda contigo aunque no estés haciendo nada, que se mete en el cuerpo y te va afectando poco a poco.
Durante mucho tiempo no me di cuenta del mal que me estaba haciendo. Solo notaba que estaba más irritable, más cansado, que me costaba concentrarme… Luego empezaron los síntomas físicos: dolores de cabeza, tensión en los hombros, insomnio, problemas digestivos… Fue entonces cuando entendí que mi cuerpo me estaba pidiendo ayuda.
Yo pensaba que eso era ser adulto, vivir con prisa, con mil cosas en la cabeza, sintiendo que siempre llegas tarde a todo… pero no tiene por qué ser así. Hay cosas que podemos hacer para bajar un poco el ritmo. A mí lo que más me ha ayudado es tener un espacio solo para relajarme.
Cuando digo espacio, no hablo de lujos. No hace falta un spa ni una casa en el campo, puede ser cualquier rincón donde te sientas tranquilo: una habitación, una silla frente a la ventana, una esquina del salón o una piscina, si está bien cuidada. Lo importante es que sea tuyo, que lo tengas a mano y que lo asocies con calma.
Ese espacio es como un botón de pausa, un lugar para desconectar del ruido y del agobio. Y créeme, tenerlo marca la diferencia.
Cómo descubrí que necesitaba ese espacio
No fue algo que me propusiera hacer desde el principio. De hecho, durante años viví en modo automático. Me levantaba, trabajaba, comía, volvía a trabajar, hacía alguna cosa en casa, me acostaba y vuelta a empezar. No me daba tiempo ni a pensar en si estaba bien o mal. Solo sabía que había que seguir.
Hasta que un día me encontré en medio del salón, sin hacer nada, con el corazón acelerado, las manos sudando y la sensación de que algo iba mal. Pensé que me estaba dando un infarto. No era eso, pero fue lo que me llevó al médico.
Me dijeron que era ansiedad, que tenía que parar porque el estrés me estaba pasando factura. Y no me dieron una pastilla mágica para solucionarlo, me dijeron que tenía que hacer cambios reales en mi día a día.
Uno de esos cambios fue crear un espacio para mí.
Qué tiene de especial un espacio personal para relajarte
Al principio no lo entendía muy bien. Pensaba: “¿Y qué más da el sitio? Si estoy estresado, lo estoy en todas partes”, pero no es así. El cuerpo y la mente aprenden por asociación. Si tú usas un lugar específico solo para relajarte, con el tiempo tu cerebro empieza a reconocerlo como un espacio seguro. Es como decirle a tu mente: “Aquí no hay que correr, aquí no hay tareas pendientes, aquí puedes bajar la guardia”.
Yo empecé con una esquina del dormitorio. Puse una alfombra, una lámpara cálida, un sillón cómodo y una estantería con algunos libros que me gustaban. Nada caro, nada complicado, pero ese rincón se volvió mi refugio. Empecé a ir allí cada tarde, aunque fuera 10 minutos, con el móvil en silencio. Leía, respiraba, simplemente estaba. No tenía que hacer nada productivo, no tenía que rendir.
Y, poco a poco, mi cuerpo empezó a entenderlo. Notaba cómo los hombros se me relajaban al sentarme allí, cómo el ritmo de mi respiración cambiaba. Y lo mejor es que no necesitaba hacer grandes cosas. Solo estar allí ya me servía para bajar el nivel de tensión.
El estrés crónico no es solo mental, es físico
Una cosa que aprendí leyendo y también hablando con profesionales es que el estrés no es solo “estar preocupado” o tener muchas cosas en la cabeza: el cuerpo lo vive físicamente. Cuando estás estresado todo el tiempo, tu sistema nervioso está en modo alerta. Y eso tiene consecuencias: no duermes bien, te enfermas más seguido, te cuesta digerir los alimentos, pierdes la concentración, incluso se afecta tu sistema inmunológico.
No somos máquinas, el cuerpo necesita momentos para recuperarse y, si no se los das, se va desgastando. Y no hablo solo de enfermedades graves, aunque también pueden aparecer, hablo de la calidad de vida en lo cotidiano. Del humor con el que te levantas, de la paciencia que tienes con los demás, de tu energía, de tu bienestar general…
Por eso es tan importante tener un lugar donde el cuerpo y la mente puedan entender que ya no están en alerta. Que están a salvo, que pueden descansar.
El poder de la rutina y de respetar ese momento
Otra cosa que descubrí es que no basta con tener el espacio, hay que usarlo con intención. No vale con decir “sí, tengo un rincón para relajarme” si nunca vas. Al principio me costaba orque siempre me ponía una excusa: que estaba cansado, que tenía cosas que hacer, que ya lo haría otro día. Pero eso es lo que hacemos siempre cuando no nos ponemos como prioridad.
Así que empecé a bloquear ese momento. Al principio fue media hora por la tarde, como si tuviera una reunión importante. Lo respeté como si fuera parte del trabajo, y fue curioso: cuanto más lo hacía, más lo necesitaba. Y cuando no lo hacía, lo notaba. Mi cuerpo me lo pedía, era como si ya se hubiera acostumbrado a ese respiro.
No hace falta que sea media hora, ni todos los días. Puede ser 10 minutos al despertar o al acostarte. Lo importante es que te comprometas con ese tiempo, que lo defiendas como algo valioso, porque lo es.
La piscina como refugio
No vivo en una mansión, ni mucho menos, pero tengo la suerte de tener acceso a una piscina comunitaria bien cuidada. Durante años no la usé, me parecía un lujo que no tenía tiempo de permitirme. Qué absurdo, ¿verdad?
Un día, simplemente fui. Estaba vacía y era temprano. Me metí despacio, sin pensar en nada, y fue como si me apretaran el botón de pausa. Flotar en el agua, sin ruido, sin móvil, sin nadie… fue una experiencia tan simple y tan poderosa, que no entiendo cómo no lo hacía antes. El agua tiene algo que ayuda a soltar. No sé si es la sensación de ligereza, el sonido, la temperatura… pero lo cierto es que me ayudaba a desconectar.
Empecé a ir más seguido. A veces nadaba un poco, a veces solo flotaba o me sentaba en el borde con los pies dentro. Me daba igual lo que pensara la gente, no estaba allí para que me vieran, estaba para recargarme. Hoy, la piscina es uno de mis espacios favoritos porque me relaja como pocas cosas. Y no necesito que sea verano, mientras esté bien mantenida y accesible, me vale.
En una ocasión, quise saber más sobre cómo cuidar bien una piscina, y contacté con Ramapiscinas, una empresa especializada en mantenimiento y rehabilitación. Me dieron un consejo que nunca olvidé: una piscina bien cuidada no es solo estética, es salud y bienestar.
Y tenían razón. Ese detalle marca la diferencia entre verla como un simple espacio… o como un verdadero refugio.
No necesitas grandes cosas, solo decidir cuidarte
Mucha gente piensa que para cuidarse hace falta tiempo, dinero, o tener la vida resuelta, y no. Lo único que hace falta es tomar una decisión: priorizarte, decidir que vas a darte al menos un rato al día donde tú seas lo importante. No tu jefe, no tus hijos, no tu pareja, no tus tareas. Tú.
Puede ser una habitación, un rincón, una terraza, una hamaca, un banco en el parque, una piscina, una colchoneta en el suelo… no importa el lugar. Lo que importa es lo que haces con él: te das un momento para estar en paz, para respirar, para escucharte… para soltar.
Lo que cambia cuando te das ese espacio
Desde que empecé a respetar esos momentos, mi cuerpo lo notó. Duermo mejor, me siento más presente y me cuesta menos manejar las cosas del día a día. Sigo teniendo problemas, claro, pero ya no me arrastran como antes. Siento que tengo un punto de equilibrio al que volver y, eso, en medio del caos, eso se valora muchísimo.
También cambió mi relación con los demás. Estoy menos irritable, más paciente, más conectado, porque cuando uno está todo el día con la cabeza a mil, no puede estar bien con nadie. Pero cuando te das aunque sea un rato de descanso real, puedes volver con otra energía.
No te vacías tanto, no te rompes tan fácil.
Si estás leyendo esto, date permiso
Si has llegado hasta aquí y te suena familiar lo que cuento, te quiero decir algo claro: date permiso para parar. No hace falta que llegues a un límite, no esperes a que el cuerpo te avise. Puedes empezar hoy. Mira a tu alrededor, busca un espacio, crea uno si no lo tienes y empieza a usarlo como tu pequeño refugio.
No hace falta hacerlo perfecto, solo hace falta hacerlo real. Aunque no parezca mucho, ese rato puede marcar la diferencia entre sentirte arrastrado o sentirte con el control.
Ojalá te animes a encontrar tu propio espacio, porque vale la pena.



