En los últimos años, la forma de escuchar música ha cambiado mucho. Antes, comprábamos discos, CDs o vinilos, y cada álbum era algo que disfrutábamos muchísimo. Cada canción tenía su lugar y se valoraba como una pequeña obra de arte. La experiencia era tomarse el tiempo para escuchar todo y conectar con la música.
Hoy, con plataformas como Spotify, Apple Music, YouTube, y especialmente con TikTok, la música se consume de otra manera. Se escucha mucho más rápido, en grandes cantidades y muchas veces sin prestarle mucha atención.
La música se ha vuelto un producto más que pasa rápido, y eso no solo cambia la industria, sino también cómo nosotros, los oyentes, nos relacionamos con las canciones.
La avalancha diaria de novedades
Según datos de Spotify, que es la plataforma de streaming musical más popular a nivel global, cada día se suben más de 60,000 canciones nuevas (o sea, casi una por segundo). Si intentáramos escuchar toda esa música, solo en esta plataforma, necesitaríamos más de 20 años sin parar para ponernos al día con todo lo que se publica. Esto habla de una cantidad de contenido abrumadora, que altera las reglas tradicionales de la música.
Con tanto material disponible, la competencia es feroz. Ya no basta con crear una buena canción: los artistas y productores deben captar la atención al instante para que su música destaque entre millones de opciones. Por eso, muchas canciones populares hoy tienen estructuras simples, con duraciones cortas —a menudo menos de tres minutos— y ganchos muy rápidos que buscan atrapar al oyente en los primeros segundos.
Además, la estructura de las canciones populares ha sido analizada en varios estudios. Por ejemplo, un artículo académico que estudia la evolución de las formas musicales en el siglo XX señala que elementos como los estribillos y otras partes estructurales han cambiado con el tiempo. Sin embargo, este análisis no ofrece detalles específicos sobre la frecuencia con la que aparecen los estribillos en las canciones actuales.
Música para consumir rápido y olvidar rápido
La atención del público es cada vez más corta y valiosa, y se busca algo que pueda escucharse y olvidarse en cuestión de segundos. No se espera que la música sea un espacio para la reflexión o para el disfrute pausado, sino más bien un ruido agradable que acompañe el día a día.
Un claro ejemplo de este fenómeno es TikTok. En esta red social, fragmentos de canciones de apenas 15 segundos se viralizan y pueden catapultar a un artista a la fama en cuestión de días. Sin embargo, estos fragmentos suelen ser loops pegajosos o melodías sencillas, muchas veces sin un mensaje profundo o una historia detrás. La viralidad se mide en repeticiones y en “likes”, no en la calidad artística o la complejidad musical.
Diversos informes recientes, como el de TikTok y Luminate de 2023, muestran que las tendencias virales en redes sociales tienen un impacto cada vez mayor en el éxito de las canciones. Aunque no hay un dato exacto sobre el porcentaje, está claro que gran parte de los temas que llegan a las listas de éxitos lo hacen gracias a su capacidad para viralizarse en plataformas como TikTok, más que por la crítica musical o la calidad técnica tradicional. Esto indica que la industria premia cada vez más la habilidad de una canción para funcionar en los algoritmos y captar la atención rápida del público, en lugar de apostar siempre por la profundidad o la innovación artística.
¿Estamos perdiendo calidad musical?
Cuando la música se crea pensando en viralizarse, muchas veces se sacrifica la complejidad, la innovación y el trabajo técnico que requiere una obra musical profunda.
Muchos músicos jóvenes, bajo la presión de la industria y las plataformas, dedican menos tiempo a estudiar su arte, experimentar o crear composiciones más elaboradas. En lugar de buscar melodías o armonías complejas, o letras con significado profundo, optan por fórmulas que funcionan bien en las redes: duraciones cortas, repeticiones, frases pegajosas.
Esto puede limitar la evolución musical y dejar a los oyentes atrapados en canciones superficiales que no aportan un verdadero crecimiento emocional o intelectual. La música corre el riesgo de quedarse en un loop repetitivo, sin ofrecer nuevas experiencias ni emociones auténticas.
La importancia de la formación musical
Entender y valorar la música no es solo cuestión de talento o gusto personal, sino también de dedicación y estudio. Como señala la profesora Kristina Kryzanovskaya, con más de diez años enseñando piano y solfeo, “la música no debe ser solo ruido de fondo o un ritmo pegajoso. Aprender a entender y sentir la música exige tiempo y dedicación”.
Este mensaje es clave para comprender lo que está pasando. Aprender música va mucho más allá de tocar notas o seguir un ritmo: implica comprender las emociones que transmite, la intención detrás de cada frase musical y la historia que puede contar una composición. Sin una base sólida, tanto músicos como oyentes pierden la capacidad de apreciar la música en toda su dimensión.
La enseñanza tradicional, a veces considerada anticuada, sigue siendo esencial para mantener viva la riqueza y profundidad del arte musical. Cuando se educa la escucha y se estudian los fundamentos —armonía, ritmo, contrapunto, historia musical—, el oyente puede conectar con las piezas de manera más profunda y enriquecedora.
La escucha activa frente a la escucha pasiva
Otro factor decisivo en esta transformación es cómo escuchamos la música hoy en día. Un estudio conjunto de la Universidad Estatal de Pensilvania y la Universidad de Stanford analizó el uso de dispositivos móviles y encontró que, en promedio, las personas interactúan con su teléfono unas 228 veces al día, pero cada sesión dura apenas 10 segundos. Esto indica que la atención de los usuarios se fragmenta rápidamente, afectando también la forma en que consumen música y otros contenidos.
Además, investigaciones previas de Stanford han mostrado que quienes hacen multitarea con frecuencia tienen un menor rendimiento en tareas de memoria simples, lo que significa que la capacidad de atención disminuye cuando se consumen varios medios al mismo tiempo.
Esto significa que no existe una escucha activa que permita conectar con las emociones, entender los detalles, matices o la intención de una canción. Se pierde así una experiencia fundamental que la música puede ofrecer: la inmersión, la contemplación y la empatía con el mensaje del artista.
¿La música actual es solo ruido o sigue siendo arte?
Este es un debate importante y vigente. ¿Se ha convertido la música en un producto desechable, creado solo para llenar espacios sin provocar nada real en el oyente? ¿O simplemente estamos viviendo una evolución natural que refleja los cambios sociales, tecnológicos y culturales?
No todos los artistas se rinden a esta superficialidad. Hay muchos músicos y bandas que siguen apostando por la calidad, la innovación y el mensaje. Sin embargo, la industria musical, que mueve miles de millones al año, tiende a premiar la música que es fácil, rápida y que genera más clics, reproducciones y viralidad.
Esto genera un círculo vicioso: los artistas jóvenes observan que para triunfar necesitan hacer música “para el algoritmo” y poco a poco la originalidad y la profundidad se ven sacrificadas. La presión comercial a veces limita la libertad creativa.
Una responsabilidad compartida
La buena noticia es que el público también tiene un papel clave para cambiar esta dinámica. Elegir escuchar música con atención, apoyar a artistas que apuestan por la calidad y buscar una educación musical básica son formas de recuperar la profundidad perdida.
No es necesario ser un experto para disfrutar más la música, pero sí hace falta dedicarle un poco más de tiempo y ganas. Al hacerlo, podemos descubrir la riqueza que la música ofrece y que muchas veces pasa desapercibida en el consumo rápido y superficial.
Además, aprender a tocar un instrumento o estudiar los fundamentos de la música ayuda a entender mejor lo que escuchamos y a valorar el esfuerzo y la creatividad que hay detrás de cada obra.
Volver a valorar la música como arte
La música es uno de los lenguajes más poderosos de la humanidad. Tiene la capacidad de acompañarnos, emocionarnos y transformarnos. Pero para que cumpla esa función, necesita que la escuchemos con atención, que valoremos el trabajo de quienes la crean y que no la veamos solo como un producto más de consumo rápido.
Esto no significa que la música popular no tenga valor ni que no debamos disfrutarla. Solo que, en un mundo donde todo va tan rápido, es necesario encontrar un equilibrio. Buscar momentos para escuchar música de verdad, sin distracciones ni prisas, y apreciar todo lo que puede ofrecernos.
La música en la era del streaming está en una encrucijada
La cantidad y velocidad han cambiado las reglas, y eso afecta la calidad y profundidad que puede tener el arte musical. Como público, tenemos la responsabilidad de elegir cómo consumirla para que la música siga siendo algo que emocione, haga pensar y enriquezca, y no solo ruido pasajero.
Como nos recuerda Kristina Kryzanovskaya, “escuchar música con atención es tan importante como aprender a tocarla. Solo así se puede sentir lo que realmente quiere decir.” Es un consejo que vale tanto para músicos como para oyentes, y una invitación a recuperar la magia de la música como arte.



